EL CAMINO DE LOS AHORCADOS
El viejo hospital
de Loja se llamaba San Juan de Dios y estaba ubicado en el extremo
nor-occidental de la ciudad. Su puerta principal daba a la calle Imbabura y al
terminar los terrenos del hospital el camino se bifurcaba en dos: uno que subía
directamente al barrio El Pedestal, y otro que tomaba hacia la derecha y
empalmaba con un estrecho sendero que conducía a Borja y Belén, pequeños
caseríos localizados en las afueras de la ciudad. Este segundo camino que
linderaba los terrenos del Hospital con un inmenso y funesto farallón era
conocido como el Camino de los Ahorcados. He aquí su historia o mejor dicho la
leyenda que dio origen a su nombre.
La lepra era antes
un mal incurable además de contagioso y por este motivo eran perseguidos y
reducidos a reclusión en el pabellón del Hospital conocido con el nombre de
Aislado todos los enfermos que padecían de ese mal, por lo menos hasta
enviarlos al Leprosorio de la capital de la República. En el Aislado del
Hospital los leprosos eran atendidos por médicos que tomaban todas las
precauciones para evitar el contagio y a veces sólo recetaban de lejos, aunque
no faltaron también abnegados galenos que ofrendaron sus vidas en cumplimiento
de tan humanitaria misión.
En cambio las enfermeras no podían eludir el contacto con los enfermos y frecuentemente eran víctimas del contagio a pesar de las precauciones que tomaban. Por eso resultaba sumamente difícil encontrar personal que quisiera prestar sus servicios en el Aislado del Hospital y solamente circunstancias desesperadas obligaban a ciertas personas a trabajar en ese lugar.
En cambio las enfermeras no podían eludir el contacto con los enfermos y frecuentemente eran víctimas del contagio a pesar de las precauciones que tomaban. Por eso resultaba sumamente difícil encontrar personal que quisiera prestar sus servicios en el Aislado del Hospital y solamente circunstancias desesperadas obligaban a ciertas personas a trabajar en ese lugar.
Tal fue el caso de
Luz Marina a quien sus padres echaron del hogar por haber cometido un pecado de
amor; y desde el campo donde vivía, salió a la ciudad para que en el hospital
curasen a su hija, de pocos días de nacida que se encontraba al borde de la
muerte. La niña fue recibida e internada en el pabellón de niños, pero como la
madre no tenía donde hospedarse las Hermanas de la Caridad que en ese entonces
regentaban el hospital le propusieron que fuese a trabajar en el Aislado.
Luz María no tuvo alternativa. Allí se quedó para siempre y su hija a quien bautizó con el nombre de Ana María, también se quedó a vivir allí luego de su restablecimiento y más tarde las religiosas le dieron facilidades para que reciba la instrucción primaria y un curso de enfermería que la capacitó para que pueda desempeñarse en el mismo ambiente en el cual había crecido con despreocupación y sin miedo al contagio de los enfermos que vio desfilar a lo largo de su niñez y adolescencia.
Luz María no tuvo alternativa. Allí se quedó para siempre y su hija a quien bautizó con el nombre de Ana María, también se quedó a vivir allí luego de su restablecimiento y más tarde las religiosas le dieron facilidades para que reciba la instrucción primaria y un curso de enfermería que la capacitó para que pueda desempeñarse en el mismo ambiente en el cual había crecido con despreocupación y sin miedo al contagio de los enfermos que vio desfilar a lo largo de su niñez y adolescencia.
A los 26 años, Ana María
era una jovencita alegre, y vivaz a quien le gustaba cumplir pronto sus
obligaciones para salir a chivatear por los terrenos de la parte posterior del
edificio, tras del cual se extendía una pronunciada colina sembrada de eucaliptos
la misma que remataba en la cima cortada a pico sobre el camino que más tarde
empataría con el sendero hacia los caseríos de Borja y Belén.
Desde la cima hasta
el camino había una altura de por lo menos 50 m. y por un estrecho sendero
oblicuo sobre el farallón transitaban solo unos pocos chivos y cabras que se
alimentaban de una escasa vegetación que crecía a ese lado del camino, pero por
allí bajaba también Ana María todos los días después del almuerzo llena de
alegría y entusiasmo tanto por el placer de estirar sus ágiles piernas como por
la embriaguez que le producía desafiar el peligro. En uno de sus habituales
paseos un día se encontró con Luis Felipe un joven estudiante de derecho que
con su cuaderno de apuntes bajo el brazo caminaba lentamente por ese solitario
camino revisando la materia del examen que debía rendir al día siguiente. Los
grandes amores solo necesitan de un chispazo para encenderse y luego inflamarse
como un volcán, eso les ocurrió a Luis Felipe y Ana María, se vieron, se amaron
como predestinados desde toda la eternidad, no necesitaron de hablarse de
inmediato sino solo mirarse y sonreírse con infinita ternura para saber que se amarían
hasta la muerte.
Pero a pesar de la
intensidad de sus sentimientos sus amores fueron castos y puros y duraron mucho
tiempo.
Así llevaban ya dos años de conocerse y
amarse, reuniéndose todos los días en ese solitario camino que tenía a un costado
la montaña y al otro una hermosa vegetación; cuando ocurrió la muerte de doña
Luz Marina, le contagió un enfermo de tifoidea que había sido recluido en el
aislado y a los pocos días murió, pese a los cuidados que le prodigaron en este
lugar en el cual había servido con tanta abnegación durante 18 años.
Ana María quedo sola pues no conocía a ningún
familiar, Pero el amor de Luis Felipe iluminaba su vida y formaba su único
mundo en el cual deseaba estar, por eso anhelaba que él se graduara de abogado
ya que le había prometido hacerla su esposa tan pronto terminara sus estudios y
comenzara a trabajar.
Pero el destino les
jugó una mala pasada, un día que después del almuerzo Ana María se arreglaba
las uñas junto a la ventana del pequeño cuarto que tenia en el hospital , sintió
que una uña se le movía como si estuviera desprendida y al halarla un poquito
se desprendió por completo sin causarle ningún dolor; casi se le paraliza el
corazón, porque intuyó lo que aquello podía significar, pero con la esperanza
de que estuviese equivocada corrió a consultar con el medico de turno del aislado,
no cabía duda, estaba contagiada de lepra y debía resignarse a vivir recluida
como los demás enfermos de ese mal.
¡No!- grito desesperada y corrió hacia la colina
ubicada detrás del hospital, coronó la cima y bajo corriendo por el peligroso
declive, deseando íntimamente tropezar y caer para morir pero su destreza pudo
más que su deseo y llegó al camino antes de la hora de la cita, motivo por el
cual Luis Felipe aun no había acudido, busco en su bolsillo de su blanco
delantal de enfermera el lápiz y la libreta de apuntes que siempre guardaba allí para
recibir las instrucciones de los médicos y escribió apresuradamente: “Perdóname Luis Felipe, por la pena
que voy a causarte pero no puedo recluirme a morir de lepra ni condenarte a ti
a mirar este suplicio Adiós mi amor te espero en la eternidad tuya para siempre
Ana María”; colocó el papel en el bolsillo
de modo que buena parte de él quedara visible y luego tomó varias cabuyas, de
las muchas que habían en el cerco de pencos, contiguo al camino, e hizo una
fuerte soga con la cual se subió a un árbol de guabo que también estaba a la
vera del camino en un extremo de la soga amarró a una rama gruesa y el otro a
su cuello y luego se arrojó al vacío; cuando Luis Felipe acudió a la diaria
cita se extrañó de no encontrar a su amada, saltando y brincando con esa
natural alegría que siempre le acompañaba, pero al fijarse en el árbol y ver ahí
colgado el cuerpo de su Ana María dio un
grito y corrió a socorrerla, más ya era demasiado tarde su primero y único amor,
la hermosa y tierna mujer que tanto había amado estaba muerta, el mensaje
dejado lo confirmaba, entonces hizo las mismas trenzas de cabuya que ella había
confeccionado las unió entre si y amarró en un extremo a su cuello y el otro a
la rama del árbol de la cual pendía el cuerpo sin vida de su amada, así encontraron juntos a
los dos cadáveres las primeras personas que pasaron por el lugar de los hechos.
Luego la autoridad
que fue llamada apresuradamente y después todo el vecindario de aquella pequeña
ciudad, que entonces era Loja y que se conmovió hasta las lágrimas por la
triste suerte de aquellos jóvenes.
Desde entonces
aquel fue llamado el camino de los ahorcados y casi nadie se atrevía a
transitar por él, especialmente durante las noches pues se decía que a las 12
se veía un grácil bulto blanco por el empinado sendero del farallón, ubicado de
tras del hospital y luego dos fantasmas que corrían y jugaban por este camino
hasta que asomaban las primeras luces del alba.
Según la leyenda en
que se basa esta narración las almas de los dos infortunados amantes estaban
penando, es decir no podían descansar en paz porque se habían ido de este mundo
sin esperar el llamado de Dios.

